Animales en Extinción




La desaparición de las especies es un componente inevitable en el proceso evolutivo de la existencia.
Es innegable que todos los seres vivos están conminados, como parte de su ciclo natural de vida, a la extinción. Pero, también (desde el inicio del desarrollo industrial) el hombre ha contribuido para que el proceso de desaparición del conjunto de esos individuos sea, cuando menos, más acelerado. Los desastres naturales, como los terremotos, las variaciones climatológicas (que culminan en sequías o en tormentas), los incendios forestales (cuando son provocados por elementos naturales) y otras inclemencias son, sin duda, factores que influyen en el deterioro de ambientes perfectamente definidos para la vida de determinadas especies.
El proceso de extinción, como parte de la evolución natural de una especie, sucede en períodos muy largos, durante los cuales, como parte de los mecanismos de compensación de la naturaleza, se pueden producir brotes o radiaciones que aumentan la biodiversidad.
Durante los 4600 millones de años de existencia que, aproximadamente, tiene la tierra, se han registrado una cantidad incontable de cambios en sus condiciones morfológicas y climáticas. Tales modificaciones han propiciado que las especies experimenten un proceso de adaptación, tanto en su morfología como en su forma de interactuar con el medio, para lograr su sobrevivencia.
Dichos períodos de adaptación pueden tener una infinidad de variables. Por ejemplo, algunos animales, ante la amenaza de su hábitat, se adaptan a nuevas condiciones y se reproducen en abundancia, mientras que otros individuos de la misma especie mueren y sirven de alimento a los que lograron adaptarse.
Más allá de esta forma en que la naturaleza determina la existencia de una especie, la acción del ser humano ha sido determinante en la desaparición a corto plazo de varias formas de vida.
Baste con referir algunos ejemplos: la destrucción de la capa de ozono, producida por el uso de productos químicos que la han destruido en proporciones alarmantes; la tala inmoderada de árboles, de donde se extraen maderas con un alto valor en el mercado, sin tomar en cuenta que aún cuando se restituyan los espacios talados, no se garantiza que las especies afectadas sobrevivan, toda vez que el tiempo de regeneración de su fuente de vida suele ser más largo que su capacidad de respuesta a las nuevas condiciones; los ensayos nucleares, que ya han dejado marcada la historia con su poder destructivo; la caza indiscriminada de animales, que ha propiciado la persecución de algunas especies que, por determinadas características, han adquirido un valor comercial, tal es el caso de los rinocerontes -muy apreciados por sus cuernos-, el elefante -en peligro de extinción por el valor de sus colmillos-, algunos mamíferos como la zorra y el armiño –también en peligro por la calidad de su piel-, e, incluso las aves, por su plumaje y algunos reptiles. La explosión demográfica que conlleva el crecimiento inmoderado de las ciudades y, por lo tanto, el deterioro de espacios naturales, también es un ejemplo de cómo influye la presencia del hombre en la extinción de las especies.
Si el hombre hiciera conciencia de la interdependencia que guarda con el medio, quizá propiciaría menos el deterioro de la naturaleza, que por si misma, se encarga de determinar en qué momento puede desaparece alguna especie.





 

 


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