El Director

La disciplina de la dirección es una de las menos conocidas por el público, pese a la notoriedad de los grandes directores. Y los es sobre todo desde el punto de vista técnico. La función del director no consiste sólo en dar las correspondientes entradas a fin de realizar una lectura coherente y ajustada, o la de mantener el tempo apropiado a cada momento, sino que su misión principal es la de interpretar la obra en todo su sentido, capturar el concepto, en contemplar todos los elementos que integran una composición, y traducir, del modo más fiel, el espíritu y la intención del compositor.
Por lo expuesto, es fácil deducir que detrás de cada director se esconde un acento personal, una visión particular, que lleva a interpretar las obras de muy distinto modo. La figura del director que hoy poseemos: especie de divo, y figura protagónica de la orquesta o coros, pertenece al último siglo del milenio pasado. Gran parte del Romanticismo, todo el Barroco, el Renacimiento y la Edad Media desconocieron totalmente a esa clase de personajes, aunque de alguna manera siempre haya existido un responsable coral u orquestal.
En el siglo XVIII y principio del XIX, el primer violín, el instrumentista de teclado o, a veces, ambos, dirigían los conciertos. El primer violín tenía la ventaja de poder permanecer de pie durante el concierto, pero su forma normal de dirigir, tocando unos compases y luego parándose para dirigir la orquesta con el arco, era poco elegante y distraía la atención.

 


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