Siglo XX







A principios del siglo XX la situación del compositor era difícil. En poco más de cien años, la música no sólo había adquirido una tecnología sumamente complicada, sino que había cargado con problemas que antes le eran ajenos. La aceptación de un compositor dependía, en gran medida, de su novedad, pero ésta era difícil cuando se competía con una enorme variedad de música como la de Haydn, que era el compositor de casi toda la música que se oía en los palacios, durante más de cien años; Mahler, en cambio, en su podio de director, interpretaba su música al lado de Beethoven, Berlioz, Schumann, Brahms, Tchaikovsky y un largo etcétera que no cesaba de aumentar. Los géneros musicales (sonata, poema sinfónico y ópera), estaban en un callejón sin salida: era demasiado pedir al compositor que se ciñera a un esquema conocido (sonata por ejemplo) y que su música fuera al mismo tiempo nueva. El propio lenguaje musical, basado en la tonalidad estaba en peligro: toda clase de atrevimiento (cambios constantes de tonalidad, combinaciones insólitas de acordes, uso de los modos medievales) había tenido ya lugar. Si es que había una salida a esta situación, tenía que ser violenta. Además, ¿no estaban acaso ahí los ejemplos de Mussorgky o Debussy, cuyo radical inconformismo había sido finalmente aceptado por el público?
La poesía y pintura contemporáneas estaban volviendo la espalda a la realidad. ¿Por qué no la música?
En los años inmediatamente anteriores a la primera Guerra Mundial, una serie de compositores en diversos lugares rompieron violentamente no sólo con un estilo musical determinado, sino con toda la tradición musical de Occidente. Esta ruptura era el fruto de una iniciativa personal, y en consecuencia, su sentido era muy distinto y aun antagónico: éste es el caso del vienés Arnold Schoenberg (1874-1951) y el ruso-francés Igor Strawinsky(1882-1971), citados como prototipos de artistas del siglo XX. La evolución de Schoenberg está marcada por un fuerte intelectualismo en su pensamiento, más que en su música , lo que influyó en numerosos artistas posteriores. Prácticamente autodidacta, empezó desarrollando al máximo la herencia de Mahler; sus Gurre-lieder, empezados en 1900, constituyen el punto máximo de gigantismo en la historia de la música (cinco cantantes solistas, un recitador, cuatro coros separados y una orquesta de 150 miembros). Progresivamente, Shoenberg llegó a la conclusión de que el sistema tonal, basado en la jerarquía de los sonidos, era una etapa en la historia: la siguiente, que iba a inaugurar precisamente él, eliminaba toda noción de jerarquía y utilizaba los sonidos libremente de forma tonal (atonalismo). Esta posibilidad fue explotada en una serie de composiciones escritas para piano o para pequeñas combinaciones libres (Pierrot Llunar, en 1912, para voz y cinco instrumentos). Posteriormente sintió la necesidad de ordenar de algún modo la música: para asegurarse de que no existía ninguna jerarquía entre los sonidos; lo mejor era que apareciera en la música el mismo número exacto de veces, ordenados en una serie invariable. A este sistema se le conoce cómo dodecafónico o serial (variaciones para orquesta, 1928). El sistema dodecafónico fue adoptado por dos discípulos de Shoenberg: Alban Berg (1885-1935) y Anton Von Weberrn (1883-1945). Estos compositores forman la Escuela llamada Viena, que inspiraba las tendencias más vanguardistas de la música después de la Segunda Guerra Mundial.
El caso de Strawinsky es diametralmente opuesto. Discípulo de Rimsky Kursakov, tenía una formación técnica y una cultura histórica admirable a causa de su utilización ruda y salvaje del ritmo y las disonancias. La novedad de Strawinsky estriba en que su libertad excluye cualquier tipo de sistema, ya sea fijo, tonal, dodecafónico u otro. La música es para él un modo de realizar obras según ciertos métodos y nada más, no importando cuales sean éstos. Con una postura anti-intelectual que roza el cinismo, Strawinsky adoptó temas y procedimientos propios del Jazz, de la polifonía flamenca, de la música barroca e, incluso, del dodecafonismo.
Por otra parte, Strawinsky no era amigo de la música pura; sus obras más importantes son todas para la escena, si bien solo pueden clasificarse como ballets (Dulcinella, el beso del hada) o como óperas ( the Rakes pregress); obras cómo Oedipuso Rex o La Historia del Soldado son inclasificables. Pero en todas aquellas la plástica de los trajes y decorados, a menudo diseñados por lo más selecto de la vanguardia pictórica, tenía un papel decisivo.

 


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